Danzando

Conseguí que pusiesen en el garito donde fui ayer Dancing barefoot de Patti Smith y, como si me poseyese la canción (o las cuatro cervezas que llevaba), empecé a mover los brazos y las piernas al ritmo de la música.

No sé qué ritual entablé en aquellos dos metros cuadrados a los que circunscribí mi danza ni si los que estaban a mi alrededor pensaban que había perdido toda la cordura que no había logrado ahogar en el alcohol. 

Durante los cuatro minutos y dieciséis segundos que dura la canción, sí sé que me convertí en un ente ingrávido mientras acomodaba los movimientos de mis apéndices a las vibraciones que emanaban de los altavoces y mi cerebro interpretaba como música, y sentí que todo estaba bien.

Luego la canción acabó y pensé que nada dura eternamente. Ni siquiera la comunión con el cosmos que establecí en ese lapso de tiempo tan pequeño que no abarcaba ni trescientos segundos.


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