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El hábito

  No lo hagas, te dices a ti mismo mientras lo haces. No lo hagas, solo te harás mal, no necesitas saber eso , te dices a ti mismo mientras, maquinalmente, como si estuvieses programado y no cupiese otra alternativa, lo haces.  Y lo haces y compruebas que efectivamente llega la familiar punzada en el pecho y te haces pequeño y comprendes que tu autodestrucción no obedece a ninguna causalidad más que el hábito generado por pequeños actos autodestructivos que cometes a diario (hoy será no ir a clase, mañana fue fumarte el cigarrillo que desembocó en una década de tabaquismo y, poco a poco, como se construye un hábito, descubres que la autodestrucción es algo que te sale solo).  Pareciera que es imposible no sentir esa punzada y esa ansiedad: tiempo ha se instalaron en mi pecho y pagan religiosamente el alquiler todas las noches. No cabe desahuciarlas. Quizá quepa, como último recurso, derrumbar el edificio. 

Causalidad

El determinismo laplaciano estipula que s e podría condensar un intelecto que en cualquier momento dado sabría todas las fuerzas que animan la naturaleza  y las posiciones de los seres que la componen. Si este intelecto fuera lo suficientemente vasto para someter los datos al análisis, podría condensarse en una simple fórmula de movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro, así como el pasado, estaría frente sus ojos. Significa esto que el hecho de que esté aquí, a las 7:46 de esta mañana de invierno, tras haber tragado un café lleno de posos escribiendo estas líneas obedece a que en cierto momento X el Universo (¡todo el Universo!) estuvo en un estado Y, y que una inteligencia superior (quizá divina) sabía que esto iba a pasar. Examinado esto, y tomado como axioma, supone que el hecho de que mi vida esté como esté (al borde del abismo, aunque conseguí dar dos pasos hacia atrás en lugar de uno hacia a...

Danzando

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Conseguí que pusiesen en el garito donde fui ayer Dancing barefoot de Patti Smith y, como si me poseyese la canción (o las cuatro cervezas que llevaba), empecé a mover los brazos y las piernas al ritmo de la música. No sé qué ritual entablé en aquellos dos metros cuadrados a los que circunscribí mi danza ni si los que estaban a mi alrededor pensaban que había perdido toda la cordura que no había logrado ahogar en el alcohol.  Durante los cuatro minutos y dieciséis segundos que dura la canción, sí sé que me convertí en un ente ingrávido mientras acomodaba los movimientos de mis apéndices a las vibraciones que emanaban de los altavoces y mi cerebro interpretaba como música, y sentí que todo estaba bien. Luego la canción acabó y pensé que nada dura eternamente. Ni siquiera la comunión con el cosmos que establecí en ese lapso de tiempo tan pequeño que no abarcaba ni trescientos segundos.

Quiero ser un robotito.

Ya me he cansado de ser humano. Quiero convertir todos los sentimientos y voliciones en unos y ceros y reducir mis impulsos a lógica matemática para dejar de sentir cosas. Sentir cosas es una mierda.  Hoy estoy más cansado de lo habitual pero no pasa nada porque luego flotaré.

Segunda. He llegado al final.

Nunca he tenido muy claro qué separa el autosabotaje de la autoconservación. Tampoco tengo muy claro por qué un día pensé que escribir así era hacer poesía. Lo importante (creo) es no capitular. Llegar (como se pueda) al final del día. La vida es una serie de victorias pírricas, una detrás de otra. Ay, qué agotado estoy hoy.

Primera declaración de intenciones

No sé cuánto va a durar este blog. Tampoco me importa demasiado. Llevo pensando en hacer esto un tiempo pero nunca había visto el momento. Quizá el momento idóneo de decidirse a escribir sea como el momento idóneo para dejar de fumar: no existe. Sin embargo, aquí estoy.  No pretendo escribir nada bonito. Tampoco pretendo hacer prosa poética ni poesía. ¿La razón de ser del título? Escribir es un acto hostil. Publicarlo es hacer esa hostilidad manifiesta.  Afuera llueve. Spinoza dijo una vez que todo cambio en la extensión es un cambio en el pensamiento: afuera llueve. Dentro de mí, también. Pasen y vean, la función va a comenzar.